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Posted by : Leon Delgado domingo, 16 de junio de 2013

Esta es una de las muchas historias que envuelven a Greystone, el reino del grial, y en ella se pueden encontrar pistas de las historias que involucran a los héroes del presente.

La historia es antigua, y empieza de la siguiente manera: "En la unión de las montañas de Hierro y la Cordillera Central, existió una vez hace mucho tiempo, una gran ciudad. Una ciudad construida como muestra del arte y el poder de sus creadores, los Enanos de las montañas.

Karadrim, fue el nombre que se le concedió a esta ciudad, la cual fue construida abriendo un paso seguro a través de las altas y escarpadas montañas. Debido a la alianza existente entre humanos y enanos que había perdurado por varios siglos, la ciudad fue convirtiéndose en uno de los lugares de comercio más prósperos de todo Greystone e inclusive Arcadia misma, ya que viajeros y comerciantes humanos se aventuraban a cruzar las montañas a través del paso que formaba esta gran ciudad.

La cuidad también era una entrada a las demás ciudades Enanas y estaba custodiada por blancos y enormes muros de gruesa piedra cuya altura y esmero al construirlos eran inigualables. Los enanos se jactaron entonces de que nada ni nadie, podrían arruinar a la gran Karadrim.

Pero nada es eterno y la luz más pura puede incitar a la más profunda de las tinieblas a apagarla. Fue así, que un día, uno de los miles de viajeros que pasaba por Karadrim, ocultándose bajo la máscara de la humanidad, trajo consigo la destrucción y ruina a esta ciudad. Se trataba nada más ni nada menos que de Malakías, uno de los más despiadados y poderosos demonios que han servido y seguirían sirviendo a Modred.

Siguiendo los designios de su gran señor de las tinieblas, Malakías que pasaba desapercibido entre los enanos con su disfraz, fue logrando con el tiempo corromper a los líderes de las familias de la cuidad y finalmente, tres años más tarde logró dominar al mismísimo señor del Clan que gobernaba la ciudad.

Como una niebla brumosa y lenta, el terror fue apoderándose de las calles de Karadrim y los habitantes de aquella ciudad comenzaban a temer a transitar por este paso, puesto que se rumoreaba que desde un tiempo atrás habían ocurrido arrestos sin motivos. Posterior a esto se prohibió el ingreso de personas al interior de la cuidad y para aquellos que no acatasen la regla, se les castigaría con la pena de muerte.

Estos rumores alcanzaron los oídos del en aquel entonces Rey de Greystone, Lord Marcus Pendragon III, quien sintiéndose indignado, se quejó ante el gran Rey enano Duran hijo de Dim, y de esta manera se generaron una serie de disputas entre estos dos gobernantes.

Fue así que el Rey enano, ordenó enviar sus emisarios reales a Karadrim para investigar estos rumores y poner una solución al conflicto. No obstante, esta empresa fue en vano, puesto que la cuidad entera estaba consumida por el mal y adicionalmente los demonios que Malakías había conjurado poco a poco, fueron liberados un tiempo después de la llegada de los emisarios de Duran, haciendo que estos últimos jamás lograran salir con vida de la ciudad. Pronto las calles de Karadrim se llenaron de sangre y fueron miles los enanos (y humanos prisioneros) que murieron en un terrible espectáculo de sacrificios, muerte y depravación.

Terribles fueron los hechos que allí se cometieron, pero pudo ser peor de no ser por contados héroes los cuales lograron escapar y liberar algunas de las almas que fueron aprisionadas dentro de las murallas. Entre ellos se recordaría siempre a Throm hijo de Kirsh, un gran enano que posteriormente fundó el clan de Duradum y su amigo humano paladín y bardo Rimas el Santo, fundador de la familia Ahtvatan.

Junto con otros héroes que lograron escapar y un puñado de sobrevivientes, marcharon por las montañas en busca de socorro y alertando a las ciudades vecinas, sobre lo último que Malakías había logrado perpetuar dentro de la ciudad de los Enanos: Un poderoso ritual para crear un portal hacia el mismísimo infierno. De esta manera, Malakías, revelando su verdadera identidad como uno de los Señores del Inframundo y mano derecha de Mordred, hizo cruzar las legiones y huestes infernales por este portal hacia la gran ciudad de los enanos para completar la misión y los designios de su Maestro.

Una por una y durante 6 meses de batalla, las marcas de Greystone fueron tiñéndose de rojo hasta llegar a la sagrada y gran ciudad de Camelot, ubicada en la Marca del Rey. Pero he aquí que la unión de los Cuatro Generales y sus Cuatro Ejércitos (véase La Batalla de los Cuatro Ejércitos), detuvieron el avance del enemigo haciéndolo retornar hasta el pie de la montaña de donde había sido esculpida la gran Karadrim.

Aquí se libraría la batalla decisiva, pero Duran se dio cuenta entonces de que mientras el portal infernal de Karadrim estuviera abierto, el suministro incalculable de demonios de la horda invasora permanecería activo reduciendo toda esperanza de victoria. Apoyando su gran martillo de guerra sobre la tierra y arrodillándose sobre ésta, el Rey Enano suplicando a Dagda, el gran dios y maestro del fuego, y padre de la raza Enana, por la muerte de muchos de sus hermanos y por la desgracia que había caído sobre la que fue una vez, la más hermosa de las ciudades, imploró venganza sobre aquel y aquellos que habían causado tal mal.

Iluminados por una luz divina, las plegarias de este gran servidor enano, fueron escuchados por Dagda, quien desde los altos cielos y con ira potente y celestial arrojó una gran montaña de fuego sobre Karadrim reduciendo las montañas (y los demonios en ella) a un inmenso cráter el cual sería siempre llamado por los enanos Rashi- karum Dagda (El Puño de Dagda) o la ira de Dios por los humanos.
Enfurecido, Malakías observaba como su fortaleza era reducida a escombros y su ejército era destruido. Mientras la horda agresora es desmoronaba como un castillo de arena, al mismo tiempo las fuerzas de los Cuatro Generales recuperaban su valor y lideraban un último ataque a lo que quedaba del enemigo.

Con sus ojos de odio y furia infernal, Malakías veía como los Cuatro Generales, Duran hijo de Din, Deferon el rey de los elfos Silvanos del bosque Everinn, Eric Magnus Leshnner III gran duque y Sir lancelot IV senescal de Pendragon y líder de los caballeros del grial y el ejercito real, se acercaban hacia él para terminar su profanación a esta tierra, y como salido de la nada, Agamenosh el capitán y mano derecha de Malakías se interpuso en el camino del Rey Enano y su señor.

A pesar de que se tratara de uno de los Balors más poderosos jamás vistos, Duran empuñando su martillo, vigorizado por la respuesta de su dios y por la ira causada por las afrentas hacia su raza acabó a Agamenosh de un solo golpe, pero el alma y el poder del Balor fueron absorbidos por sus guantes rúnicos los cuales absorbían cualquier magia o poder que fuese dirigido hacia el Rey Enano. Pronto los cuatro generales dieron Muerte a Malakías y su amenaza al pie del Puño de Dios.

Al separarse Duran regresó a su trono, llevando consigo la maldición de Agamenosh mientras Deferon regresaba con los restos mortales de Malakías a los bosques sagrados de Ariathol, los bosques de los Druidas, para que estos los custodiaran. De los dos héroes humanos se narran sus hazañas y la de su descendencia en los anales de Greystone.

Duran pronto reconstruyó su reino y ordenó cerrar el paso roto donde antes estuvo Karadrim, sin embargo como señal de alianza con los humanos construyo allí el gran puente y la ciudad que regalo a los humanos la cual llamo Darás-kaz o como la conocen, Dalares.

Algún tiempo después, Duran descubrió que no podía quitarse los guantes rúnicos y que además estos le otorgaban una gran fuerza; creyó que su dios le había dado un designio con estos guantes y decidió no cuestionar los “actos” de su señor, sin saber que los nuevos poderes de sus guantes provenían del demonio Agamenosh, cuya alma perduraba con vida dentro de ellos y así mismo juró vengar su muerte y resucitar en un futuro a su señor Malakías.

Los gritos de batalla, de dolor, de sufrimiento y agonía se alejaban, a medida que los años se movían lentamente hacia el futuro distante y sus días se registraban en la memoria de Duran, quien junto a su clan se había encerrado en la montaña, y en el lugar más profundo de esta donde se encontraba el trono real, su mente era presa del envenenamiento por el mal intangible que residía en sus guantes.

Susurros y voces procedentes de los guantes, enloquecían y al mismo tiempo pervertían la mente del Rey Enano quien daba órdenes macabras a sus súbditos, corrompiéndoles a su paso. Aquellos que eran de mente fuerte y detenían el paso de esta locura, eran ejecutados inmediatamente salvo el hijo del Rey, Doren quien logró escapar gracias a la ayuda de su tutor y guardián, Thrall Puño de Hierro, dejando atrás aquella fortaleza que se sumaba cada vez más en las sombras y la oscuridad de la perversión.

Después de algunos años, Doren decidió regresar a Murdan, como se le conocía a la nueva fortaleza del victorioso Rey Enano en la época del ataque de Malakías. Sus intenciones eran hablar con su padre para hacerle entrar en razón, pero al ver la terrible transformación que había sufrido su cuerpo y los terribles actos y costumbres que se habían implantado en la montaña, decidió poner un alto a esta perdición.

Así fue como Doren enfrento a su padre por la corona de los reyes de las montañas, hecho sin precedente en los anales de la raza Enana. Pero Duran dominado por sus guantes y el mal que residía en ellos, no quiso entregar sin lucha su corona y batalló con ira asesina contra su propio hijo, al cual hirió de muerte. Aún herido, Doren logró destajar el brazo izquierdo de su padre, liberándolo del control de Agamenosh pero no de su maldición, debido a que Duran había conservado el nuevo cuerpo infernal que el demonio le había otorgado. Recuperando el uso de la razón, Duran vio a sus pies moribundo al fruto de su sangre y recordó los terribles actos que el mismo había realizado llevándolo a la locura.

Entonces Duran se quito el guante rúnico que aun portaba en el brazo derecho y convocó a todos los enanos bajo su montaña en la gran sala de reuniones, y cuando se aseguró de que nadie faltaba, ordenó cerrar las puertas de la sala, dándoles él mismo muerte a todos los que se encontraban en ese salón; y sin discreción de edad o sexo, todos cayeron bajo su martillo, ya que en ellos vio la corrupción que él y su locura misma habían sembrado.

Al finalizar y herido de muerte, Duran vio con ojos de Rey lo que había hecho y corrió hasta los acantilados de su montaña, donde se suicidó arrojándose al profundo vacío.

Después de este hecho, los enanos de otras ciudades enviaron emisarios a Murdan para averiguar qué había sucedido. Cuando llegaron a esta ciudad, encontraron horrorizados los restos del clan de Duran y de su hijo. Muchos eran los interrogantes que empezaron a inundar sus mentes y atónitos hubieran quedado de no ser porque el espíritu de Doren en persona se les apareció y les narró los terribles hechos acontecidos en la montaña. Adicionalmente les pidió que llevaran el martillo de su padre a su hijo, ya que en su ausencia Duran tuvo a un hijo al que llamó Diravar, y que le narraran los hechos allí acontecidos para que no se repitieran. Los emisarios juraron cumplir los designios de Doren y se marcharon. Pocos años después Diravar fue coronado Rey de los enanos y fue un buen rey, pero nadie regresó nunca más a Murdan y desde entonces se le consideró como un lugar maldito.

El odio y las blasfemias fueron acallándose con el paso del tiempo, y la ciudad que otrora era símbolo de grandeza, se había convertido en una cueva fría y llena de tesoros abandonados por sus creadores y portadores. El brillo de estos tesoros llegó a los oídos de los orcos, una raza despiadada a la que solo le interesaba saquear los lugares donde no hubiera mucha resistencia a su paso. Fue así que algunos de éstos llegaron a esta fortaleza abandonada para registrarla en busca de tesoros, y además de los restos de los enanos, encontraron un par de guantes rúnicos, dentro de uno de los cuales se hallaba un brazo enano.

La mirada diabólica que podría verse dibujada por las relucientes runas enanas en los guantes, se iban desvaneciendo en la oscuridad de la misma forma en que su rastro se iba perdiendo con el pasar del tiempo. Aunque se dice que en la guerra de los dos Cálices, Ciro el elfo de los bosques, encontró los guantes en la posesión de un humano. Intrigado por la forma y las extrañas runas en su exterior le pidió a un sabio mago que los estudiase para que le informara sobre cualquier irregularidad o poder que pudiese haber en ellos.

Estupefacto, el mago le advirtió, que no se trataba de cualquier par de guantes, sino que se trataba de algo de inmensa fuerza y poder, que podían ser entregados a quien los usara, pero que desafortunadamente estaban malditos. Las habilidades del sabio no le permitían ver más allá de lo que había averiguado sobre los guantes y fue por esto que Ciro decidió guardarlos hasta poder encontrar la forma de precisar toda la información concerniente a la maldición.


No obstante, a pesar de las advertencias que se le habían dado, Ciro tuvo que usar los guantes en la batalla de Lyoness, donde él, el ejército de Falas y los elfos silvanos se enfrentaron a Wogar, El Ent Diabólico. El alma de Agamenosh, entonces tuvo su nueva oportunidad de resurgir en la mente de un portador mucho más fácil de poseer que la mente de un Enano”.

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